lunes, 22 de septiembre de 2008

Mentira.

Mentiría si dijera que todo es sencillo en los momentos en que una cuchilla de hielo atraviesa mi espalda, con mordaz furia de un enemigo invisible. Mentiría si les dijera que soy tan poderosa que puedo enfrentarme al mismo miedo. Mentiría siempre si afirmara que no hay dolor que no pueda soportar. Mentiría cuando negara que los besos me llegan al alma y allí hacen nido. Mentiría al caminar mirando al cielo sin temor a tropezarme. Mentiría cuando mis alas se elevaran en la brisa y desdeñara estar entre las nubes más altas. Mentiría al soñar que el infierno es un castigo. Mentiría al no aceptar que mis amigos son todo lo que soy. Mentiría si no admitiera que lloro al sentir en mi cama a la soledad.
Todas serían mentiras, pero ninguna lo sería más que si hoy al mirar los ojos camel, mis ojos no mostraran ninguna debilidad.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Un cuento de hayas


Había una vez una niña que caminaba sola por el campo. Ella, desde chica, había recorrido esas hectáreas con cautela, precisión y audacia, memorizando cada rinconcito, cada árbol que crecía para tener consciencia del sitio que la rodeaba. Ya caminaba segura y el suelo reconocía sus pasos, que casi coincidían siempre con los que había dado el día anterior.
La mañana avanzaba tranquila, sin apuros, con el sol dando su calor con mayor intensidad. La pequeña veía las hormigas trabajar, los pájaros buscando lombrices para sus pichones que gritaban de hambre en las copas de los hayas. Un día como todos los demás en la vida de aquellos diversos seres. La niña se acostó a la sombra del árbol, observando el vuelo de aquellos papás-pájaros, deseando poder volar como ellos, poder extender sus brazos y alcanzar así las nubes lejanas contrastando con el turquesa del cielo.
Se quedó mirando el cielo fijo, mientras las nubes se movían y cambiaban de forma de manera prácticamente imperceptible.
Pasaron las horas, las nubes se movieron, los pájaros descansaron en el nido. Las culebras se escondieron en sus hoyos, las hormigas se internaron en sus túneles para convertir las hojas en hongos. El haya suspiró oxígeno de su fotosíntesis. Todo cambió de un instante a otro, todo siguió el curso de la vida, mientras la niña miraba fijo el cielo, como tantas otras tardes lo había hecho, como tantos años que transcurrieron: pensando, meditando, observando, descubriendo detalles que se le habían escapado en otros momentos. Así había sido siempre, desde el día que conocío ese campo, tiempo que ya quedaba 50 años atrás. Una niña que se quedó pequeña siempre, dicen, que había una vez.

sábado, 30 de agosto de 2008

A medias...

Era casi de noche cuando tu mano toco mi hombro. El cielo apenas nublado y tu boca semi-abierta, como queriéndome decir algo. Pero el silencio sólo era roto por los autos que pasaban a unos metros. Mi mirada intentaba en vano penetrar tu alma, tus dedos acariciaban con algún resto de ternura los mios. Los dos parados allí, casi en la esquina de esa calle que separaba nuestros mundos. Sabías que debía irme en pocos minutos, sabías que esa noche era la última que me verías en prácticamente una eternidad. Sin embargo, tu boca seguía silenciosa, tu mirada nostálgica de un tiempo que todavía no había terminado. Todo en tu ser daba nuestra historia como terminada.
El Sol casi se había ocultado. Todo era a medias, tu amor, mi vida, la canción que sonaba a lo lejos. Nada concretamos, nada concluimos y ahora yo camino casi con vida entre muchas caras que casi me recuerdan a la tuya.

viernes, 22 de agosto de 2008

Tunel.

Un túnel frente a mis ojos, árboles antiguos con sus ramas formando una bóveda alargada e impenetrable, y un piso inconstante bajo mis pies. Interminable, con sombras vigías que me siguen de cerca, me pisan el rastro. Un paisaje extraño que me acostumbra a mirar a los costados, un miedo inexplicable consume los minutos de mi vida.
El túnel sigue ante mí, amenazándome con no terminar nunca, como un camino al infinito y un misterio jamas revelable. ¿De qué sirve seguir mirando a los costados si la oscuridad no me deja vislumbrar nada concreto? ¿De algo sirve seguir temiendo a fantasmas inventados cuando los reales me protegen con piedad?
La soledad ya no me preocupa, misteriosamente siempre algo me acompaña; son retazos de vidas soñadoras que flotan a mi lado buscando compañía. Son deseos ocultos en la sobriedad de una existencia sufrida de despojos.
Los árboles murmuran canciones viejas, entonan notas nunca clasificadas, los secretos de un universo se hacen sonido entre las ramas del túnel que me aprisiona. La canción toma sustancia, se hace luz, figuras bailantes en una ronda de locuras, ilusiones endulzando el aire con estrellas tras el techo de hojas que intentan iluminar el interior del pasaje.
Mi mirada se pierde en el collage de estímulos que me hacen inmóvil. Mis pies se queda suspendidos sobre el piso de tierra, expectantes de lo que sucederá. Correr es iluso, esperar, estúpido. Nada queda más que caminar lentamente hacia el final de aquel Túnel en que se transforma la vida: sin mirar a los costados, sin temor a las ilusiones bailantes, sin piedad de las canciones inventadas. Caminar, transitar, recorrer, vivir.

sábado, 9 de agosto de 2008

Sentidos.

Descubrí la delgada línea entre mis sueños y tu realidad, encontré el susurro secreto del viento entre las hojas, y vi más allá de la locura de este siniestro mundo de irrealidad.
Me sentí pura entre un mar de desperdicios, busque el filo de una espada perdida en el infierno, y cuando todo parecía sin retorno, encontré la puerta que me condujo a tu cielo.
Me hallé parada en medio del espacio, toque con ternura la luz de mi estrella, me sentí herida por el borde de la Luna y caí agonizante sobre un prado de mentiras.
Ahora estoy sentada en una esquina de mundos entrecruzados, desde mi rincón veo el incesante movimiento, y descubro luego de tanto tiempo que las líneas de mi vida se han marchitado con el tiempo.

miércoles, 30 de julio de 2008

LXX

Mis manos tiemblan entre las tuyas. Mi respiración es rápida y ansiosa. No me queda mucho más que hacer que seguir esperando, aguardando a que mi cuerpo me responda y se digne a confiar en mí. Miedo, incertidumbre, locura de no saber cuales son las expectativas. No hay nada que hacerle. El ruido es monstruoso, y las aves escapan a las primaveras de muerte.
Todo parece catastrófico, pero mi camino me exige que continúe, mi destino me aguarda a la vuelta de la esquina, y nada más que avanzar se me pide. Pero es que hay tanto ruido entre vos y yo.

domingo, 20 de julio de 2008

Tango

El frío calaba mis huesos, el viento del sur traía consigo todo ese hielo microscópico que hace poner la piel de gallina. La noche era oscura y una Luna lejana alumbraba y creaba figuras sombrías que llenaban la calle vacía. ¿Quién puede siquiera imaginar algún paisaje tan desolado como ese? La noche, el frío y mi presencia hacían humo en una ciudad llena de luces artificiales que ocultan bellos escaparates de almas marchitas, conservadas por el cristal de un pasado y una pasión ilusoria de realidades compartidas en secreto. Una estrella invisible me da la señal de que el tiempo pasa, mi espera se hace arena en un reloj roto en una esquina de farol. Nada vale tanto como una idea imprevista que genera sueños de planes futuros, dónde todo camino dirige a una vida nueva completa de fantasías y deseos. Ahí mismo mi ser se homogeneizaba con el panorama, mientras mi mirada buscaba algo, que aún no comprendí qué era, en las esquinas. Sólo sé que una flor robada de algún jardín se encontraba tirada en la cuadra de enfrente y misteriosos cantos de pájaros se perdían en la noche; yo todavía allí parada, como auto-convenciéndome de que no era más que una inexistencia de una mente loca e imaginaria.
Es imposible aclarar de manera coherente qué misterio ocultaba ese frío incesante que me acorralaba en aquel lugar. Sin embargo el sólo intentar explicarlo produce estremecimiento en el corazón, cuando realmente nada más que la visión de escena hace que el mismo viento helado recorra mi cuerpo en sensaciones recordadas, de visiones del cielo estrellado y asfaltos sucios de pisadas. Todo se hacía superfluo en esa cuadra, perdida, olvidada, escondida del resto de las almas nocturnas que pasaban cerca, como si un pasaje a otro mundo se ubicara allí.
Yo lo único que recuerdo de él, es el frío mortal que hacía esa noche mientras mi mirada se perdía en aquella esquina oscura de fantasmas vagabundos, y el sonido de un lento bandoneón que a lo lejos sonaba en alguna casa.