sábado, 24 de septiembre de 2016

Un sábado por la mañana...

Aún me quedan muchos kilómetros por recorrer, y muchos paisajes que visitar. Mis pies inquietos se mueven indicándome que es hora que comenzar otra vez.
Y quizás es esta expectativa, o tal vez sólo el rumor del viento, pero siento que este nuevo comienzo, este volver a caminar habiendo recuperado mis candombes de resaca, me llevará a un mejor lugar.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Ausencia de palabras

Como a veces es tan complicado lograr explayar lo que pasa por la mente, paso muchas horas de mi vida callada, buscando, simplemente buscando, las palabras adecuadas para representar aquello que vive en mi interior.
Quizás es porque he madurado, quizás es porque somos hijos del rigor, pero la verborragia me ha abandonado y me ha dejado con la responsabilidad de escribir algo mejor que simple historias de amor.
Y ahora estoy aquí, un jueves por la noche, con el ruido de la calle y mis dedos sobre el teclado como música de fondo. Mi gata me observa predicar desde la mesa de luz, quieta y expectante como si supiera lo importante de este rito que es escribir.
Es que escribir para mí no es un descargue, ni es siquiera un entretenimiento, sino que es la esencia misma de mi ser, que me permite ser quien soy, decir lo que pienso y sentir a través de las palabras que ahora alguien más está leyendo. Porque escribir es dar vida a un montón de cosas que uno no sabe que tenían ente propio. Es jugar a ser un Dios omnipotente y omnipresente en todo aquello que dejamos grabado en un papel, una red o en la arena del tiempo.
No debemos olvidar que las palabras son armas letales, mucho más peligrosas que un cuchillo o una bala. Las palabras tienen el poder de crear o de destruir con la facilidad de un huracán. Es por esto que he aprendido a medirlas, a usarlas con responsabilidad y, hasta a veces, aceptar su ausencia. Y te aconsejo que empieces a hacer igual.