martes, 7 de julio de 2020

Andar en bicicleta

"Hay cosas que jamás se olvidan, como andar en bicicleta", dicen por ahí... Sin embargo, hay cuestiones más profundas y significativas que podrían respaldar este dicho.
En ese sentido, el encontrarse a uno mismo en las palabras que salen de nuestro ser sin mucho más que pensar, es una cosa que jamás se olvida. Porque es resultado de algo que nos define, de una pasión por la palabra que emula el deseo de un gladiador por salir a la arena.
Y por más que pasen los años y que el silencio nos invada, poder navegar por nuestras mentes, bucear entre las palabras, es algo refrescante y familiar. Poder tener este refugio sagrado donde nada se censura es algo que reconforta el alma y nos permite entender que, no importa cuanto tiempo, este espacio estará siempre aquí... Esperándonos. Siempre ansioso de leernos una vez más.

martes, 7 de enero de 2020

Ella

Una noche caminando por la orilla de un mar que hoy ya no recuerdo donde queda, me crucé con una mujer. Ella se encontraba sentada en un banco, mirando hacia el horizonte. A lo lejos la noche se extendía, y las olas movían el mundo de una manera irrealmente bella.
Ya la había visto en otras ocasiones, allí sentada. Todo el resto de la gente pasaba junto a ella como si no la vieran. Nadie se sentaba en ese banco tampoco.  Cada noche que pasé por allí, la notaba silenciosa, expectante, mirando el océano.
Y esa noche, finalmente, osé ocupar un espacio de aquel reservado banco. Ella ni me miró. Simplemente suspiró mirando el mar. Yo también me quedé mirándolo, mientras el tiempo pasaba, hasta que la noche ya nos cubría los pies. Fue entonces que decidí prender un cigarrillo. La miré y le ofrecí uno. Ella no contestó. Ni siquiera me miró. En un momento pensé en dejarla sola. Pero no sé por qué no lo hice. Fue entonces en que ella habló. Lo hizo pausadamente, como si hubiese olvidado el idioma. “Otro día más”, fue todo lo que alcancé a escuchar. Nuevamente suspiró. La miré durante largo rato. Su rostro blanco y sus ojos clavados en el mar la hacían hermosa mujer. Extrañaba que nadie se detuviera con ella. Algo me llevó a que intentara iniciar una conversación:
-¿Acaso espera a alguien?- Entonces ella me miró. Y algo extraño sucumbió en mi cuerpo, muy adentro mío: en mi corazón.
-Lo espero a él.- Y continuó mirando el horizonte. Le di una pitada a mi cigarrillo y seguí su ejemplo. El silencio se extendió entre nosotras. Pasaron minutos, quizás horas, hasta que finalmente y para mi sorpresa ella volvió a hablar.- ¿Será que me olvidó? ¿Qué pasó junto a mí y no me reconoció?... – Siempre terminaba de hablar suspirando.
-¿Cuándo se fue?- Es lo único que supe decir.  Sorpresivamente, se desconcertó.
-Es que... Es que... Ya no lo sé. Han pasado tantos días. Pero él me juró que volvería por mí. Que estaríamos juntos por siempre. Y él es un hombre de palabra.- Fue entonces que mi boca se secó.
-¿A dónde fue?-
-A Alemania.
-¿Recuerda por qué?- Nuevamente el desconcierto se apoderó de su cara, y una sombra la cubrió.
-Fue... Fue en búsqueda de un futuro para ambos.-
-¿Recuerda la fecha de la última vez que supo de él?-
-El 2 de Abril.- Y mirándome de soslayo dio por terminada la conversación por ese momento. Miramos las dos el horizonte por lo que quedó de la noche. Me desperté a la mañana siguiente. Me había quedado dormida llegando la madrugada en el banco frente al mar. Y cuando miré a mi costado, ella ya no estaba.
Volví a donde me estaba quedando. Me duché, y salí nuevamente a la calle. Pasé junto al banco, pero ella no estaba. Seguí caminando por horas y horas a la orilla de aquel mar. Cuando la noche caía decidí volver. Al llegar al banco, como ustedes estarán suponiendo, ella estaba allí. Dudé un instante, pero decidí sentarme nuevamente. Esta vez ella me miró al instante; decir que me recordó sería quizás demasiado ilusorio. Esta vez fui yo la que se quedó callada, mirando el océano, mientras fumaba. Habrán pasado dos horas hasta que sus labios se movieron. En esta ocasión con más seguridad que la noche anterior.
-¿Tu sabes si han vuelto?
-¿Si han vuelto? ¿De dónde?-
-De Alemania... Ya han pasado muchos días. Pero él me dijo que volvería. Él me envió una carta a casa para decirme que estaba volviendo.
-Yo no soy de aquí... Pero podría averiguarlo, si así lo desea. ¿En qué volvía?- Sus ojos se movieron por la línea de las olas lejanas, como recordando.
-En el Carolina. Llegaría aquí el 29 de Abril, a medianoche.- Fue entonces qué me paré. Esta vez no dormiría en el banco de la calle. Me despedí diciéndole que le averiguaría si habían llegado.
Llegué a mi cuarto cansada. Abrí mi computadora personal. Busqué el buque Carolina venidero de Alemania. Encontré la información sobre él. Me quedé reflexionando. Llegado un punto, me dormí. Al otro día paseé por le pueblo y visité la biblioteca del pueblo, como tantas veces me había prometido hacer. Cuando salí ya estaba oscureciendo. Me dirigí al banco de la mujer. Ella parecía esperarme esta vez. Me senté, miré el horizonte y le entregué una hoja de papel. Ella la agarró entre sus manos. Mientras ella leía, yo mantenía mi mirada absorta en el agua.
La nota rezaba así:

29 de Abril de 1918. Naufragio del buque Caroline Night. El buque que volvía de Alemania naufragó ayer por la tarde, luego de haber caído víctima de tropas extranjeras. Ningún pasajero logró sobrevivir.

Él ha muerto. Y seguramente debe de estar esperándote. Es hora de que te reúnas con él.

Medianoche del 29 de Abril de 2002”.

Cuando volví mi vista hacía el lugar que ella ocupaba, había desaparecido. Y junto con ella la hoja que le había traído.
Cuando llegó la mañana, me encontró mirando el mar. Sola. Tranquila. Me paré y volví a buscar mis cosas para volver a mi hogar, allí me esperaban a mí y no quería hacerlos esperar.

jueves, 18 de octubre de 2018

Patas para arriba

Me siento completamente desorientada, como si un terremoto y un tornado hubieran pasado por mi vida al mismo tiempo y dado vuelta absolutamente todo.
Sí, lo sé. Parece extremista. Pero, acaso ¿nunca han tenido esa sensación? De que las cosas no encajan, que lo que parecería ser lo correcto al mismo tiempo no lo es... Y que nada, absolutamente nada, tiene sentido en verdad. No, no me refiero a una sensación depresiva de "todo esta perdido, ya no hay nada que hacer". Nada más lejano a eso, sólo tener la absoluta certeza de que nada se encuentra en su lugar. Una certeza pura y calma, casi como la resignación (casi). Es tener esa sensación de que estamos en el hoyo del conejo blanco, boyando en el aire y dando vueltas continuamente, hasta perder la noción de qué va arriba y qué va abajo.
No puedo negar que este estado pseudo-zen de la inevitabilidad del desorden en que se ha convertido mi vida me tiene algo cansada. Pero estoy inmersa en tanto lío que, la verdad, no encuentro el camino de salida. Necesito un faro que me oriente en medio de tanta incertidumbre.

domingo, 7 de octubre de 2018

Desvaríos de un domingo

El día se va oscureciendo, poco a poco las horas avanzan hasta el fin del día. Nada hay que detenga la inevitable ruta del tiempo, que se aparta del pasado hacia un futuro incierto.
Las aves vuelven a sus nidos, los gatos circulan por las calles al amparo de la oscuridad. Poco a poco la noche impone su presencia y nos hace preguntar si usamos bien nuestro tiempo en este día que se acaba. La noche viene con su sombra a determinar que ya no hay mucho que podamos hacer frente a su demandante sed de sueños. 
Así que todos vuelven a sus casas (u otras casas), se refugian en el calor de las paredes y las luces artificiales. Tratan de demostrar que nada tiene que ver la noche y el avance del tiempo con estas acciones, pero no es verdad. El tiempo siempre invita a la noche a cenar, y ella llega con su capa oscura, sin falta.

martes, 25 de septiembre de 2018

Penélope

Ella se encuentra ahí, sentada en el sillón mirando de vez en cuando hacia la puerta. La música de fondo corroe el silencio de sus ojos expectantes. El reloj continúa marcando los segundos, tic-tac, tic-tac, sin detenerse a esperar lo que sea que ella aguarda. Y el paso del tiempo sólo vuelve más cruel la espera, más fuerte la ansiedad. Intenta evitarlo, intenta mirar para otro lado, pero ella sigue esperando una señal, una palabra, una sonrisa. Algo. Sólo espera que suceda finalmente algo.
Pero tic-tac.
Nada la acompaña, ni tampoco el dichoso suceso se da. Ella continúa esperando allí, a que algo mágico suceda y rompa con la espera.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Laberintos

En ocasiones mi cabeza se convierte en un laberinto infinito de pensamientos, una madeja de ideas que parece no tener fin. Es agotador, pensar y repensar. A veces creo que es hasta contraproducente para mi propio psiquis. Sin embargo, no es algo que simplemente pueda evitar. Hay tantas cosas que no conozco, que no sé como encarar, que para poder luchar contra la incertidumbre mi cerebro busca alternativas, elabora escenarios y crea estrategias.
Es absurdo, nada en realidad está en nuestras manos, salvo nuestras propias decisiones. Y cada una de ellas es independiente y desconocida para los demás. Por lo que no importa que tanto conjeture, que tanto intente adivinar. Solo haciendo lo que sinceramente se siente, uno puede continuar con la conciencia tranquila, sabiendo que al final, la puerta del laberinto siempre aparecerá.

sábado, 4 de agosto de 2018

Entrega #9

Gonzalo caminaba bajo la lluvia a paso tranquilo, ya se había empapado por completo, por lo que no tenía sentido correr ni apurarse. Mientras la lluvia le recorría el pelo y caía por su cara, repasaba como había sido su día: los problemas de trabajo, las peleas con su vieja, pero detrás de todo eso estaba el llamado de Natalia del día anterior... No podía dejar de pensar en ese llamado, lo tenía realmente intranquilo. No había noticias de ella en meses, desde que habían terminado, el silencio había sido absoluto. No la culpaba, sabía que gran parte de la responsabilidad era de él, pero el llamado lo había descolocado.
¿Qué ocurría para que Natalia decidiera dejar su orgullo de lado y llamarlo de esa forma? Hacía mil suposiciones, pero ninguna lo convencía del todo. Natalia se había alejado de tal forma de su vida, que él no sabía ni siquiera si seguía viviendo en el mismo lugar... Cuando se dio cuenta, estaba ya en la puerta de su casa. Ahora sólo quedaba esperar, dejar pasar los días hasta el sábado y despejar todas sus dudas.